extiende sus límites
hacia el temorque nos libera.
En su interior,
un camino circular
atraviesa la posibilidad de la nada,
el aliento inmóvil de la piedra
golpeada -sin retorno-
contra ese cuerpo sin luz
que es el olvido
como único refugio.
Incluso en los abismos habitan horizontes reveladores

En penumbras,
apenas un puñado de sal
confortan
la madriguera del dolor,
el escalofrío intravenoso
que rescata a la memoria
la imprecisa resurrección
del olvido.
Donde una mano no es mano
ni pertenece al recuerdo,
aunque siga adherida a la caricia
que se tradujo trémula perdida
en los desiertos más íntimos.
