Ahora sé que dolerá, que sembraré relámpagos bajo tinieblas deshojando margaritas en las cuencas del silencio, cuando la niña huérfana que desnuda tu sonrisa se suicide entre mis labios para enterrar con mi cadáver el sabor del recuerdo.
Debo advertirte, antes de que mi red te aprese y caigas sobre la cama violada/o como un espejo a la altura de mi sexo, que mis manos son la soga que abisma la llaga de estas cuerdas inflexibles; y que estos cuadros desmarcados bajo la sangre espesa que te ofrezco: guardan latientes el rumor de los contornos que adormece la lengua de una tierra estéril.
No hay nada más cruel que descender sin trapecio -convertido en araña- al abismo de la sangre, donde Dios no existe y todo se reduce a poesía tras el acto banal y pornográfico de mut/ila/rse con cada punto y final.